¡Si ahora esas cosas ya no escandalizan a nadie…!



  • Objeción: ahora algunas cosas en materia de castidad se aceptan por todos y no escandalizan a nadie (por ejemplo, la fornicación)
  • Una respuesta cristiana, entre otras:

No es cierto que esas cosas se acepten por todos: hay miles de jóvenes con personalidad, coherentes con su fe, que se niegan a secundar de forma gregaria y acrítica ciertos modelos de vida dominantes.

Y en todo caso, el escándalo no es el criterio de moralidad. Lo bueno y lo malo no se mide por la reacción, por el escándalo que provoca en un determinado contexto social.

El 1 de diciembre de 1955 una joven negra, Rosa Paks, subió al autobús en Montgomery, Alabama y se sentó en la quinta fila de la sección de color, reservada a los negros. Cuando entró un hombre blanco, como no había asiento, el conductor le dijo a Rosa y a tres personas más de raza negra que se levantaran. Tres de ellas lo hicieron. En aquella época a nadie le escandalizaba que un negro tuviera que ceder su asiento a un blanco solo por ser negro: era lo normal.

Pero Rosa se negó. Fue detenida y aquello fue el comienzo de la reinvidicación por la igualdad entre personas de diversas razas en Norteamérica. Como se ve, lo decisivo no es el escándalo que algo suscita, sino su verdad y su bondad intrínseca.

Algunos ambientes de nuestra sociedad han perdido -para mal- la capacidad de escándalo. Es algo similar a lo que sucede con las drogas: la dosis inicial resulta pronto ineficaz, y se recurre a una dosificación mayor. Las primeras dosis parecen inocuas, pero no lo son, porque son las que llevan, lentamente, a la degradación. A nadie se le ocurriría administrar esa dosis a todos, porque muchos se hayan acostumbrado a tomarlas.

Un joven cristiano debe estar dispuesto a vivir el escándalo de la Cruz, a ser coherente con su vida.

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