Roger Pallais: los comienzos del Opus Dei en Nicaragua




Camino

Me llamo Roger Pallais y nací en San José de Costa Rica el 14 de abril de 1948. Tengo seis hermanos que viven en Francia y en los Estados Unidos. En la actualidad mi madre vive en París, al igual que yo.

Cuando estaba estudiando y un año o un año y medio para ser oficial del Ejército, con el grado de teniente, una prima mía, que vivía en Costa Rica, pasó por Managua. Cuando la ví, ella, que sabía algo de mi búsqueda espiritual, me regaló un libro pequeñito: Camino. “Te gustará mucho” me dijo sonriendo.

Y así fue. Camino me causó un impacto difícil de medir. Empecé a meditarlo mucho, a hacer oración, a ir a Misa diaria, a tener una dirección espiritual, etc. En fin, a poner en práctica todo lo que allí se decía, en la medida en la que yo llegaba a comprenderlo.

El nombre del autor no retuvo mi atención. Lo que me conmovió fue el mensaje fuerte, vibrante, animoso,… de ser santo en medio del mundo. Eso fue lo que me cautivó poderosamente. Aparte de mi trabajo como oficial del Ejército, empecé a estudiar por la noche. Fui a la Universidad Centroamericana y allí empecé los estudios de Filosofía y Letras.

La meditación de Camino me daba una luz poderosa en mi vida diaria. Era un modo nuevo de afrontar todo el esfuerzo cotidiano y el apostolado con mis amigos; también la vida familiar. Una inquietud se desató con fuerza: cuál era la vocación a la que Dios me llamaba.

Fui a ver a un sacerdote. Hablamos largo y tendido y, al final, viendo mi inquietud, me dio a leer un libro de un sacerdote llamado Jesús Urteaga, con el título El valor divinode lo humano. Este libro me sacudió y me ayudó bastante, para concretar la lucha ascética. Al cabo de un año, obtuve una beca del Gobierno nicaragüense y me fui a Madrid para cursar los estudios de Ciencias Políticas.

Madrid

Llegué a Madrid a principios de diciembre del año 1969, y comencé mis estudios inmediatamente. Estaba alojado en el Colegio Mayor Hispanoamericano Nuestra Señora de Guadalupe. Uno de mis profesores, Roseto Echavarría, me había hablado de un Colegio Mayor llamado Moncloa y me hizo una carta de presentación. Pero al llegar a Madrid, el embajador de Nicaragua, amigo de mi familia, me dijo que me había reservado una plaza en el Colegio Mayor Guadalupe. Allí seguía leyendo y meditando Camino.

Un día, en el mes de enero o febrero -no me acuerdo bien-, al salir de un aula de Ciencias Políticas, estuve hablando con un joven estudiante queme propuso asistir a una conferencia sobre el Marxismo: una crítica del Marxismo. Este chico, que estudiaba Ciencias Económicas y Políticas al mismo tiempo, se llamaba Eusebio Masauri y era de Bilbao. Fui, y al final de la conferencia me dijo: “Si quieres puedes quedarte; va a haber un sacerdote que va a venir a predicarnos sobre un aspecto del Evangelio”. Me interesaba y me quedé.

El sacerdote era don José Antonio Galera, y nos habló de la vida de un joven del Opus Dei, Hernán Cortés, que acababa de enterrar en Santander y que murió en olor de santidad. El centro donde me encontraba estaba en la calle General Oraá 26. Luego supe que era como una extensión del Colegio Mayor Montalbán.

El asunto fue que la meditación me impresionó y la cosa es que me encariñé con la Obra, con la que tenía ya, sin duda alguna, una gran sintonía, gracias a mi frecuentación de Camino. Sólo en ese momento, sin embargo, me di cuenta que el Fundador del Opus Dei y el autor de Camino eran el mismo. Estaba asombrado de la Providencia ordinaria de Dios.

Me ofrecieron ir a Moncloa –donde iba a ir en principio, al llegar a España- y allí fui en septiembre de 1970, y en diciembre -el 2 de diciembre, concretamente- pedía la admisión al Opus Dei. Me llené de paz y de alegría.

Managua

Después de casi tres años de ausencia, viajé a Managua paraver a mi familia. Llegué el 22 de diciembre de 1972 a las 8 de la noche. Me impresionó el calor, la pesadez del clima al bajar al aeropuerto. Mi madre me dijo que desde hacía unos meses padecían en Nicaragua una sequía persistente.

Llegamos a casa y pude ver las novedades de cada cuarto, de la biblioteca…, y luego nos sentamos a cenar. Después de la cena nos reunimos todos para celebrar el cumpleaños de mi madre, que ese día cumplía 50 años. Todos mis hermanos estaban allí, salvo Enrique -el segundo-, que se encontraba en la Academia Militar de Annápolis, y que luego vino, y Rafael, estudiante, que estaba en Costa Rica y que llegó al día siguiente. Mi padre había fallecido el 19 de diciembre de 1965 en un accidente de helicóptero intentando socorrer unos heridos en una carretera cerca de Managua. Era médico.

La antigua ciudad de Managua

Estábamos charlando en la sala de estar, cuando sentimos una sacudida sísmica alrededor de las 10:30 de la noche. Fue levísima y nadie le dio importancia. Uno de mis hermanos, algo bromista, me dijo que la tierra estaba mostrando su contento por mi regreso a Nicaragua. En mi casa todos hablamos bastante, así que la noche avanzaba sin que nos diéramos cuenta. A las doce y treinta y dos minutos de la noche –en las primeras horas de 23 de diciembre, víspera de Navidad-, cuando en ese momento estalló con violencia inaudita el terremoto que destruyó más de la mitad de la ciudad de Managua, la capital.

El choque fue brutal. Sólo oímos un ruido inmenso que venía de las profundidades de la tierra, y todo empezó a caer. La oscuridad se extendió como un manto en mi casa y en todas partes. El suelo se levantó, y todos caímos más o menos. En un instante se hicieron añicos las vidrieras de dos ventanas, entre ladrillos, libros y muebles que se nos venían encima.

El terremoto fue corto de duración, unos diecisiete segundos, pero la fuerza fue tremenda: 7,2 en la escala de Richter. Hubo 10.000 muertos y 56.000 heridos, si no recuerdo mal.

Salimos como pudimos en la oscuridad de la noche. A mi madre la tuvimos que ayudar, porque había recibido el impacto de un ladrillo en el pecho y no lograba sostenerse en pie. Vimos muchos vecinos saliendo a la calle, unos golpeados, y algunos heridos. Se veía mucha gente correr, intentando sacar a personas atrapadas bajo una pared, unos ladrillos o unos muebles, y se oían sirenas de ambulancias y coches que avanzaban despavoridos. Uno de mis hermanos comenzó a temblar con todo el cuerpo. Lo abracé y poco a poco se tranquilizó. Mi madre sugirió que rezáramos el Rosario y nos pusimos a rezarlo.

No había pasado aún media hora, cuando oímos un enorme ruido: era la ola de vuelta del terremoto hacia su epicentro. Fue impresionante y nos causó un pánico tremendo porque que, a medida que avanzaba, se agrietaban las calles, y las casas que todavía estaban en pie empezaron a caer. Ví a lo lejos el banco de sangre que cambió prácticamente de acera, ratatinándose. El Hotel Raiser, que tenía catorce pisos, fue reducido a dos. Mucha gente que estaba ayudando a otros en esos momentos quedó atrapada, y encontraron la muerte. Fue una noche de angustia, pero la verdad es que, ayudados y reconfortados por la fe en Dios y la oración, las horas pasaron rápido. Dimos gracias al Señor de habernos sacado con vida de ese trance.

Al día siguiente pasaron camiones distribuyendo botellas de leche para la población. Bebimos algo, aunque no teníamos apetito alguno, y nos costaba asimilar la catástrofe.Estábamos en la duda de lo que se podía o debía hacer. Viendo que mi madre no podía moverse, me decidí a llevarla al Hospital Militar, que estaba a un kilómetro. Tomé el coche y la llevé. Uno de mis tíos era el director de ese hospital.

Cuando llegamos el espectáculo era dantesco. El hospital estaba medio destruido. Los enfermos estaban tendidos afuera, en la hierba, en el suelo… Muchos heridos que habían llegado toda la noche estaban allí, esperando su turno. Otros llegaban entonces… Los médicos, las enfermeras, muchos voluntarios, actuaban con una serenidad imponente. En otros hospitales pasó lo mismo o peor. Los médicos operaron toda la noche a la luz de los focos de coches; a veces con agua, con poca agua, a veces sin agua, y muchas veces sin anestesia. Fue bastante atroz para algunos familiares que llevaron a padres, madres, hijos, muy golpeados o gravemente heridos.

Este dolor tremendo fue paliado gracias a dos cosas estupendas. La primera, la fe cristiana de los nicaragüenses. Todos sufrían, lloraban, pero aceptaban la prueba, y la mayor parte rezaba mucho. Fue una lección de fortaleza cristiana que me conmovió mucho. Un hermano mío me decía: “¡Qué suerte que este pueblo sea cristiano!”.

La segunda fue es gesto de la solidaridad casi mundial, para ayudar a los nicaragüenses en este trance amargo. Tal vez el hecho de que fuera víspera de Navidad hizo que todos tuvieran el corazón en la mano. España fue el país que con más generosidad y tenacidad nos ayudó, aparte de los países latinoamericanos.

La noche misma llegaban de España y de otros países aviones con hospitales de campaña y sobre todo, lo más urgente, mucha sangre para las operaciones de transfusión. Todos los países ayudaron. Desde Costa Rica, Honduras, Salvador, Guatemala,… Muchos médicos o voluntarios; en coches, en ambulancias. Viajaron toda la noche, y luego se trasladaron a las zonas más afectadas del terremoto para dar una mano, para ayudar.

Hubo barrios donde la construcción era débil y la mortalidad fue grande. En otros barrios, como el nuestro, con casas más nuevas y más sólidas, sólo hubo heridos o, tal vez, algún muerto, pero yo no lo supe.

Llegó ayuda de América latina, de los Estados Unidos, de Francia, de Alemania, de Italia, de Cuba… Hasta de China vino un barco lleno de arroz.

Volviendo al hospital, le pusieron un vendaje a mi madre y nos dijeron de hacer más tarde una radiografía. Al volver a casa con mi madre, vimos a miles de personas por las calles. Era una marea humana, donde la tristeza y el dolor se pintaba en los rostros.

Después del terremoto, mi familia pudo trasladarse a la finca de unos amigos en una ciudad que se encuentra a 150 kilómetros de Managua, que se llama Chinandega, y yo fui llamado, en tanto que oficial del Ejército, a trabajar inmediatamente en la distribución de comida en los diferentes barrios de la capital.

Fue por la noche -una de esas noches de los primeros días- que recibí una llamada por radio de parte de Pepe, una persona del Opus Dei, que me dijo que, desde que supieron que estaba allí, todos los del Opus Dei rezaban por mí y mi familia, y que al día siguiente del terremoto había venido en moto, preocupado por mí –no había forma de comunicarse con el exterior- y que había recorrido toda la capital con esa moto preguntando por mi dirección.

Finalmente había encontrado mi casa; pero nosotros ya nos habíamos ido a Chinandela; y después de muchas pesquisas, había logrado localizarme. Llegó al campamento Gonzalo Asturias, donde nos dimos un abrazo y me dio una maleta con alimentos y algunos libros.

Así quedó el centro de Managua

Durante los seis meses siguientes, en los que estuve trabajando en la reconstrucción de la capital, varias personas del Opus Dei hicieron viajes periódicos para verme, más o menos, cada los quince días. Vino don Antonio Rodríguez Pedrezuela, que era el Consiliario de América Central; un sacerdote de Costa Rica; un ingeniero también del Salvador… Fue una ayuda estupenda para mí esos meses en que me encontraba aislado en Managua.

En esos días escribí una carta a san Josemaría para contarle algo del terremoto, de mi familia y de mi apostolado con las personas que me rodeaban. Me contestó inmediatamente, y me animó a hacer mucho apostolado. Sabiendo que iba a estar en mi tierra algunos meses, ya que el Ejército me pedía quedarme allí para ayudar en la reconstrucción de la ciudad, me propuse empezar el trabajo apostólico del Opus Dei en Nicaragua.

Me puse en contacto con antiguos amigos y con gente de mi familia, y poco a poco iba hablando de Dios con cada uno. Les gustó mucho. Bastantes jóvenes se interesaron. Una de mis tías, que llevaba paralizada por una poliomielitis desde hacía 38 años, en una cama y en una silla de ruedas, y era una mujer muy santa, entendió con una intuición sobrenatural la importancia del espíritu del Opus Dei y del hecho de que pudiera comenzar pronto en Nicaragua.

Fue ella la que me propuso hacer un pacto. Cuando se lo conté a san Josemaría algunos años más tarde, me decía: “Dilea tu tía que la quiero mucho. Ese pacto tiene sabor de primitiva cristiandad”. El pacto consistía en losiguiente:

-Tú reza para que yo dé al Señor toda la gloria que le tengo que dar, y yo ofreceré toda mi enfermedad, con sus molestias para que la Obra venga definitivamente a Nicaragua”.

Acepté con el corazón lleno de emoción y de agradecimiento.

También aproveché para hablar a fondo con uno de mis primos que vivía allí en esa casa, Hecberto, que estudiaba en Estados Unidos, y se entusiasmó con el panorama abierto por la Obra. Luego ese primo vino a Europa y fue cooperador del Opus Dei. Actualmente vive en Estados Unidos.

También comencé a tener contacto con varios jóvenes, estudiantes de Bachillerato, con los que me reunía una vez a la semana y les daba un curso de doctrina cristiana.

Fue así como surgió la idea de formar un club juvenil, que denominamos “el club de los tigres”. Nos reuníamos una vez a la semana o dos; teníamos un curso de doctrina, y organizábamos excursiones al mar, a los lagos… y aprovechábamos para charlar de vida cristiana. Yo procuraba darles toda la formación posible, y oración con ellos.

También procuraba acercar a Dios, como me alentaba san Josemaría, a varios hermanos míos, a sus amigos, a mis colegas militares, a los capataces y trabajadores de los equipos de reconstrucción nacional en los que trabajaba como jefe.

Con ocasión de la fiesta de San José, el 19 de marzo de 1973, don Antonio Rodríguez Pedrazuela y otros dos del Opus Dei de Costa Rica vinieron a verme. Fuimos a comer juntos a un pequeño restaurante, y charlando, surgió la idea de organizar un Curso de Retiro para los jóvenes del Club y algunos amigos míos.

La idea me pareció genial, y rápidamente me puse a organizar el asunto. El sacerdote vendría en camioneta con un altar portátil y los libros, y yo me encargaba del resto. Invité a mucha gente y vinieron trece: capataces, estudiantes de bachillerato, universitarios, jóvenes profesionales,… En fin, una representación variada de la juventud nicaragüense.

Uno de mis amigos, que se llama Orlando, ofreció la finca de sus padres. El curso de retiro duró un weekend entero. Don Antonio pudo hablar con todos. Habló con mucha fe y todos quedaron muy contentos y tomaron buenas resoluciones personales de vida cristiana.

Los meses fueron pasando y llegué a la conclusión de que llevaba cinco meses trabajando en la reconstrucción, y había llegado el momento de volver a España para terminar mis estudios de Ciencias Políticas. Hice los trámites respectivos y en junio de 1973 pude tomar el avión de vuelta para Madrid.

Me fui contento, porque mi madre conocía muy bien el Opus Dei a través de los escritos de san Josemaría, los mismo que varios amigos míos, varios de mis hermanos y algunos tíos y tías, primos y primas… y en especial esta tía mía de la que he hablado que seguía rezando para que el Opus Dei llegara a Nicaragua -ese era el pacto- y yo seguía rezando por ella para que ella diera gloria a Dios.

De esta manera, tan sorprendente, tan de Dios, comenzó el Opus Dei, la Obra de Dios, en Nicaragua.

Roger Pallais, sacerdote


Roger Pallais es sacerdote en la actualidad. En el centro de la fotografía, con otros sacerdotes.

Un pensamiento en “Roger Pallais: los comienzos del Opus Dei en Nicaragua

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *