Qué es y qué no es la virtud de la fortaleza

La verdadera virtud de la fortaleza lleva a:

  • buscar el bien y actuar rectamente conforme a ese bien, esforzándose por superar el miedo y las dificultades, sin rendirse ante ellas.
  • controlar el espíritu imprudente y temerario, que no valora acertadamente las dificultades ni los riesgos.
  • La virtud de la fortaleza se apoya en el conocimiento objetivo de las propias fuerzas de la propia realidad del hombre. Cuando el hombre se mira a sí mismo con objetividad descubre en su alma las consecuencias del pecado original y los propios pecados personales.

    Recuerda san Pablo: «Llevamos este tesoro en vasos de barro, para que se reconozca que la sobreabundancia del poder es de Dios y que no proviene de nosotros» (2 Cor 4, 7).

    “Por eso, con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por lo cual me complazco en las flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones y angustias, por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor 12, 9-10).

El conocimiento propio debe llevar a pedir ayuda a Dios, pidiéndole no caer en la tentación, confiando en la fortaleza de Dios.


Recuerda el Catecismo: «Para el hombre herido por el pecado no es fácil guardar el equilibrio moral. El don de la salvación por Cristo nos otorga la gracia necesaria para perseverar en la búsqueda de las virtudes. Cada uno debe siempre pedir esta gracia de luz y de fortaleza, recurrir a los sacramentos, cooperar con el Espíritu Santo, seguir sus invitaciones a amar el bien y guardarse del mal»


El cristiano, cuando se conoce bien a sí mismo, evita estos dos extremos: la excesiva confianza en las propias fuerzas y la pasividad.

El hombre presuntuoso, que confia exclusivamente en sus fuerzas, termina derrotado. San Pedro le prometió al Señor, antes de traicionarle, que nunca le abandonaría. Estaba lleno de entusiasmo, pero se conocía poco a sí mismo.

El hombre pasivo, que espera que Dios le conceda unas gracias extraordinarias para alcanzar el bien, sin poner el adecuado esfuerzos por su parte, tampoco alcanza su objetivo, porque olvida que Dios le ha dado fuerzas para alcanzar el bien, que debe ejercitar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *