Primeros cristianos, Padres, santos, autores de espritualidad

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San Juan Crisóstomo: “Dios no necesita de nuestros trabajos, sino de nuestra obediencia” (Homilía sobre san Mateo, 56)

San Agustín: “Cristo, a quien el universo está sujeto, estaba sujeto a los suyos” (Sermón 51).

Santa Teresa: “Muchas veces me parecía no se poder sufrir el trabajo comforme a mi bajo natutral, me dijo el Señor: Hija, la obediencia da fuerzas”. (Fundaciones)

Fray Luis de León: “La aceptación del sufrimiento no está en no sentir, que eso es de los que no tienen sentido, ni en no mostrar lo que duele y se siente, sino aunque duela, y por más que duela, en no salir de la ley ni de la obediencia a Dios. Que el sentir, natural es a la carne, que no es bronce” (Exposición del libro de Job, c. 3)

San Francisco de Sales recuerda que hay que obedecer no sólo en lo que nos cuesta, sino también lo que nos gusta: “Haz de obedecer cuando te manden cosas agradables, como es el comer y divertirse, porque aunque entonces no parece gran virtud el hacerlo, el no hacerlo sería gran defecto” (Introducc, 3, 11)



Santo Tomás Moro: Dios nos da fortaleza para obedecer y hacer su voluntad en los momentos difíciles

«Sabía Cristo que muchas personas de constitución débil se llenarían de terror ante el peligro de ser torturados y quiso darles ánimo con el ejemplo de su propio dolor, su propia tristeza, su abatimiento, su miedo inigualables.

De otra manera, desanimadas esas personas al comparar su propio estado temeroso con la intrépida audacia de los más fuertes mártires, podrían llegar a conceder sin más aquello que temen que de todos modos les será arrebatado por la fuerza. A quien en esta situación estuviera, parece como si Cristo se sirviera de su propia agonía para hablarle con vivísima voz:

“Ten valor, tú que eres débil y flojo, y no desesperes. Estás atemorizado y triste, abatido por el cansancio y el temor al tormento. Ten confianza. Yo he vencido al mundo, y a pesar de ello sufrí mucho más por el miedo y estaba cada vez más horrorizado a medida que se acercaba el sufrimiento.

Deja que el hombre fuerte tenga como ejemplo mártires magnánimos, de gran valor y presencia de ánimo.

Deja que se llene de alegría imitándolos. Tú, temeroso y enfermizo, tómame a Mí como modelo. Desconfiando de ti, espera en Mí.

Mira cómo marcho delante de ti en este camino tan lleno de temores.

Agárrate al borde de mi vestido y sentirás fluir de él un poder que no permitirá a la sangre de tu corazón derramarse en vanos temores y angustias; hará tu ánimo más alegre, sobre todo cuando recuerdes que sigues muy de cerca mis pasos -fiel soy, y no permitiré que seas tentado más allá de tus fuerzas, sino que te daré, junto con la prueba, la gracia necesaria para soportarla-, y alegra también tu ánimo cuando recuerdes que esta tribulación leve y momentánea se convertirá en un peso de gloria inmenso” (La agonía de Cristo, La oración en Getsemaní).

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