No nos oponemos, pero…

No todos los padres que ponen dificultades tienen el carácter ardoroso de Monna Lapa. Los señores Beltrán, de una de las mejores familias de Valencia fueron mucho más comprensivos que la madre de santa Catalina. Además, ellos no querían en absoluto interferir en la vocación de su hijo Luís. Querían orientarla, sencillamente…

Estaban acostumbrados a que su hijo les obedeciera en todo, y se quedaron desconcertados cuando les dijo que tenía planes diferentes a los que ellos habían previsto: quería irse de casa y entregarse a Dios. ¡Qué locura! Era un joven no muy fuerte; no soportaría las exigencias de ese tipo de vida. No sabía lo que hacía. Y empezaron su batalla. Pero cedieron pronto: aquello decididamente era de Dios. Y no querían luchar contra Dios.

Al final, viendo la entereza de su decisión, aceptaron que se fuera. Pero ahora no, dijeron: quizá en un futuro, y, desde luego, en un lugar donde no se le exigiera a su hijo un trabajo intenso. No pasaba nada por esperar. Lo tenían todo planeado. Debía comprenderlo: su postura era razonable; y sobre todo, era su hijo y les debía obedecer en todo, como siempre…

Habían olvidado, en su amor de padres, que la obediencia que los hijos deben prestar a sus padres tiene una frontera específica: la elección de estado. Los hijos están obligados a escuchar y valorar los consejos de sus padres en esta materia, pero no a aceptar una decisión ni unas condiciones que comprometen una vida que… no es la suya. Y Luís obró con la misma libertad que hubiese pedido para sí en caso de elegir una mujer que no hubiera agradado a sus padres. Escuchó sus consejos, y luego actuó con libertad: con una libertad que sus padres le negaban. Y un buen día, en vista de la rotunda negativa paterna, decidió no volver a casa. Tenía dieciocho años.

Estalló el escándalo familiar: una pequeña tragedia que se repite con frecuencia, con rasgos parecidos, siglo tras siglo, en aquellos hogares en los que un alma decide dejarlo todo por Dios.

Don Juan Luis Bertrán y doña Angela Exarch ni lo entendían, ni lo podían, ni lo querían entender. El era un hombre recto, un notario conocido de Valencia, acostumbrado a mandar y hacerse obedecer; y ella era una mujer “de muy buenas partidas, gran sierva de Dios y muy humilde”. En definitiva, unos padres piadosos y buenos cristianos: ¿cómo les podía hacer esto? Además, ¡ellos no se oponían a que se entregase a Dios! Lo único que pedían era que en vez de dominico, como quería, se hiciese cartujo o jerónimo. Realmente, a él ¿qué más le daba?

Muchos padres experimentan esta misma tentación y exclaman, si sus hijos deciden entregarse a Dios en medio del mundo: “¡qué locura! ¡si al menos se metiera se me hiciera cura o fraile!” Y si decide hacerlo, suelen protestar acto seguido: “pero ¡qué locura! ¡Hacerse cura! ¡Meterse a fraile! ¡Como si no se pudiera ser bueno de otra manera!”

Los hijos suelen argumentar que la vocación no se elige, como una prenda en los grandes almacenes, sino que es un don que Dios da, como quiere, cuando quiere y a quien quiere: la llamada imperiosa de Cristo -¡sígueme!- resuena en todos los caminos de la tierra sin compartimentos estancos. Lo importante no es dónde Dios llama, sino acudir generosamente a donde llama.

Los caminos de Dios no son, con frecuencia, exactamente los mismos que los padres prevén para sus hijos. Y como en una composición musical que se repite, con la misma variedad de tonos, a lo largo de la historia en los ambientes familiares cristianos más diversos, se escucharon también en el hogar de los Bertrán los sucesivos movimientos de esta sinfonía airada paterno-filial: enfados, tensiones, llantos, silencios, negativas, gritos, y luego, en un crescendo temible de indignación, la explosión final, una especie de traca valenciana: una carta tremenda en la que don Juan Luís -un hombre piadoso que no acababa de entender y de aceptar del todo la Voluntad de Dios- recriminaba duramente a su hijo por su comportamiento y acusaba a sus superiores de haberle inducido a abandonarlos. En nuestros días, el bueno de don Juan Luis quizá le hubiese escrito: “hijo mío, te han comido el coco”.

El joven Luís le contestó con una carta serena, escrita con estilo recio y conciso, que revelaba la madurez de carácter:

“Una carta de vuestra merced he recibido, y, mirándola bien, hallo que en suma tiene dos cosas: la una que (…) su intención es que sirva a Dios en la cartuja o en la orden de San Jerónimo; la otra, que los padres de esta casa me han persuadido…

Acerca del primer punto, tenga paciencia vuestra merced, porque no sería consuelo mío… Cuanto a lo segundo, créame vuestra merced que estos padres me han sido contrarios. Más a la postre, vista mi importunación y perseverancia, les ha parecido que no condescender conmigo era resistir al Espíritu Santo…

Así que vuestra merced se consuele y descanse, que yo estoy consolado en mi espíritu, y en cuanto a las fuerzas exteriores, me siento mejor que en toda mi vida. Guarde que no se diga de vuestra merced lo que dice David: “Temblaron donde no había que temer”. La gracia del Espíritu Santo guarde a vuestra merced y a la señora y a todos, como se lo ruego de día y de noche”

La historia de Luis Bertrán acabó bien, como la gran mayoría de estas pequeñas “tragedias” familiares: con la aceptación gozosa de su vocación por parte de sus padres, que ignoraban que ése era el camino que Dios quería para un santo de la Iglesia. Aquel hijo suyo, por cuya salud se preocupaban tanto, evangelizó a numerosos indios de Nueva Granada -aseguran las crónicas que bautizó a más de quince mil en un solo día-, hizo milagros y sirvió eficazmente y sin desfallecer a la Iglesia.

Un día, Luís sintió que su padre se moría: corrió junto a su lecho y escuchó sus últimas palabras: “Hijo, una de las cosas que en esta vida me han dado pena ha sido verte fraile, y lo que hoy más me consuela es que lo seas. Mi alma te encomiendo”.

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