Los Primeros Cristianos

  • index_clip_image002_00067En su gran mayoría, los primeros cristianos, fueron fieles a su fe en medio de una sociedad degradada y pagana, aunque no faltó alguno que se dejó llevar por el ambiente o por los respetos humanos.

    Muchos dieron su vida por Dios en el martirio, en un acto supremo de amor y de fidelidad a la vocación que habían recibido en el Bautismo, como Máximo, un comerciante de Asia Menor. Estas son las Acas de su proceso:


Martirio de san Máximo, un cristiano de Asia Menor,
durante el imperio de Decio (249-251)

El emperador Decio, queriendo expulsar y abatir la ley de los cristianos, emanó edictos en todo el orbe, en los que intimaba a todos los cristianos abandonar al Dio vivo y verdadero y sacrificar a los demonios; quien no hubiera querido obedecer, debía someterse a los suplicios.

En ese tiempo Máximo, varón santo y fiel al Señor, espontáneamente se declaró cristiano: era un plebeyo y ejercía el comercio. Arrestado, fue conducido ante el procónsul Optimo, en Asia.

El procónsul le preguntó: ‘¿Cómo te llamas?’

El respondió: ‘Me llamo Máximo’.

Preguntó el procónsul: ‘¿Cuál es tu condición?’

Respondió Máximo: ‘Soy plebeyo y vivo de mi comercio’.

Dijo el procónsul: ‘¿Eres cristiano?’

Respondió Máximo: ‘Por más que sea pecador, soy cristiano’.

Dijo el procónsul: ‘¿No conoces los decretos de los muy insignes soberanos que han sido promulgados recientemente?’

Preguntó Máximo: ‘¿Qué decretos?’

Explicó el procónsul: ‘Los que ordenan que todos los cristianos, abandonada su vana superstición, reconozcan al verdadero soberano al que todo está sometido, y adoren a sus dioses’.

Repuso Máximo: ‘He llegado a conocer el inicuo decreto emanado por el soberano de este mundo y justamente por esto me he declarado públicamente cristiano’.

Le ordenó el procónsul: ‘Sacrifica a los dioses’.

Replicó Máximo: ‘Yo no sacrifico sino al solo Dios a quien me glorío de haber sacrificado ya desde mi niñez’.

Insistió el procónsul: ‘Sacrifica, para que estés salvo. Si te rehúsas, te hago morir entre torturas de todo género’. (…)

Entonces el procónsul lo hizo golpear con varas y, mientras era golpeado, le decía: ‘Sacrifica, Máximo, para librarte de estos tormentos’.

Replicó Máximo: ‘No son tormentos, sino unciones, estos que me son inferidos por el amor a nuestro Señor Jesucristo. Si, en efecto, me alejara de los preceptos de mi Señor, en los cuales he sido instruido por medio de su evangelio, me aguardarían los verdaderos y perpetuos tormentos de la eternidad’.

El procónsul entonces lo hizo poner sobre el caballete y, mientras era torturado, le decía insistentemente: ‘¡Enmiéndate de tu necedad, miserable, y sacrifica, para salvar tu vida!’

Máximo respondió: ‘Tan solo si no sacrifico, salvo mi vida; si sacrifico, en cambio, seguramente la pierdo. Ni las varas, ni los garfios, ni el fuego me procurarán dolor, porque vive en mí la gracia de Dios, que me salvará para siempre con las oraciones de todos los santos quienes, luchando en este género de combate, han superado la locura de ustedes y nos han dejado nobles ejemplos de valor’.

Después de estas altivas palabras, el procónsul pronunció la sentencia contra él, diciendo: ‘La divina clemencia ha dado la orden de que, para infundir temor a los otros cristianos, sea apedreado el hombre que no ha querido dar su asentimiento a las sagradas leyes, que le imponían sacrificar a la gran diosa Diana’.

Así el atleta de Cristo fue arrastrado afuera por los ministros del diablo, mientras daba gracias a Dios Padre por Jesucristo Hijo suyo, que lo había juzgado digno de superar al demonio en la lucha.

Sacado fuera de las murallas, aplastado por las piedras, exhaló su espíritu.

El siervo de Dios Máximo padeció el martirio en la provincia de Asia dos días antes de los idus de mayo, durante el imperio de Decio y el proconsulado de Optimo, reinando nuestro Señor Jesucristo, a quien se le tributa gloria en los siglos de los siglos. Amén” (de la Passio del mártir, en BHL -Bibliotheca Hagiographica Latina- , II, p. 852)

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