La virtud de la fortaleza

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Jaime Balmes decía -con razón- que toda auténtica personalidad debe tener la cabeza de hielo, el corazón de fuego y los brazos de hierro.

Primero, una cabeza de hielo, guiada por ideas claras, transparentes, frías como todo raciocinio limpio, depurado de la amalgama emocional.

Segundo, un corazón de fuego, sentimientos y amores ardientes que recogen y canalizan toda la inmensa riqueza afectiva de nuestro ser, que impregnan al frío raciocinio de calor humano y de entusiasmo vibrante, capaz de despertar todas las energías del alma.

En tercer lugar, unos brazos de hierro, que llevan a la práctica esas ideas lúcidas, inflamadas en el horno del corazón; la potencialidad motora que impulsa la realización de las concepciones teóricas elaboradas por la mente.

Este tripié, cuando está armónicamente equilibrado, forma el eje de una personalidad fuerte, el eje de la fortaleza.


Cabeza de hielo

La fortaleza nace en la mente y vive a partir de un centro medular de ideas y convicciones inalterables, que generan una poderosa motivación capaz de superar todos los obstáculos. Nunca existirá capacidad para atacar y para resistir -actos fundamentales de la fortaleza- si no hay convicciones fuertes. Un hombre sin un núcleo esencial de principios es siempre pusilánime, medroso, débil. La fortaleza se mide, pues, en primer lugar por la consistencia de las ideas.

Un hombre fuerte comprende aquello que afirma Ortega y Gasset: “No somos disparados sobre la existencia como la bala de un fusil, cuya trayectoria ya está absolutamente determinada. Es falso decir que, en la vida, quienes deciden son las circunstancias. Al contrario: las circunstancias son el dilema ante el cual tenemos que decidirnos. Pero el que decide es nuestro carácter”.

Las personas sin carácter -los hombres de barro- no deciden; viven en la voz pasiva de los verbos, son manipuladas, determinadas, plasmadas, por las circunstancias.

De modo diferente se comportan los hombres que se asemejan a las rocas: son siempre los mismos, son siempre ellos, idénticos, sean cuales fueren las coordenadas en que se encuentren. Las circunstancias no los desfiguran. Son ellos, por el contrario quienes configuran las circunstancias.

Nada más antipático, sin duda, que una falsa fortaleza, manifestada en una actitud mental intolerante, inflexible, arrogante o dura. Pero también nada más lamentable que un hombre hecho de nata, con el cerebro flojo de una criatura sin contornos, como una amiba, siempre dependiente del medio en que vive.

Tenemos, pues, que acostumbrarnos a delimitar las ideas, a tornarlas fuertes. Es el primer aspecto -la fuente originaria- de lo que se llama carácter. Por esto, señores, es necesario referirse a la fortaleza del corazón. Con la cabeza no se siente. Con el corazón no se piensa. Pero hay gente que piensa con el corazón y siente con la cabeza.

El corazón precisa de una cabeza de hielo, de un raciocinio depurado de los laberintos de la emotividad; la cabeza, a su vez, necesita imperiosamente entusiasmarse: calentarse en un corazón de fuego. La cabeza es el volante; el corazón, el acelerador. Ambos se exigen mutuamente: la primera orienta; el segundo impulsa. Muchos desastres de la vida son provocados cuando los papeles se invierten.

Un gran corazón, sin una cabeza de hielo, es flaqueza sentimental. Cuentan que el presidente de una gran empresa resolvió cierto día emplear una nueva secretaria personal, e inmediatamente se puso en movimiento la máquina burocrática de la organización. Después de complicados tests entre decenas de candidatas, fueron seleccionadas tres jovencitas.

Para simplificar al máximo la elección, hicieron ante el presidente un último test primario, formulando para las tres la misma pregunta: ¿Cuánto son dos y dos? La primera respondió: cuatro; la segunda: pueden ser veintidós; la tercera: pueden ser cuatro o veintidós.

El psicólogo redujo su veredicto a un diagnóstico elemental, que llevó al presidente: “La primera dio la respuesta más obvia, es un espíritu simple, actúa sin rodeos; la segunda es prudente, intuyó una trampa y dio una respuesta reservada que revela una mentalidad viva; la tercera mostró flexibilidad, capacidad diplomática, tal vez cautelosa. ¿Cuál de las tres escoge usted?” El presidente respondió sin dudar:

-La señorita de los ojos azules.


Corazón de fuego

Hay muchas personas como este presidente. Piensan con el corazón y resuelven con las glándulas o con las hormonas. Les gusta preguntar y oír consejos, gastan tiempo en estudios teóricos, y después, en la práctica, deciden de acuerdo con la ley del gusto, del sentimentalismo o de las emociones. Sin embargo, pensar no basta, porque la idea aclara, pero no impulsa si no se une a la profundidad afectiva del corazón.

Aquél que quiere ser un gran médico, pero no ama la salud de los enfermos, la solución de las angustias que padecen, nunca llegará a ser un médico grande. Podrá ser un científico, pero no un médico. No obstante, la verdad que está en la cabeza, si es fuerte, tiene capacidad expansiva: invade el corazón y en el corazón se calienta.

Las verdades fundamentales se vuelven ideas de la vida cuando se entrañan cordialmente, pues el corazón es el motor de la vitalidad.

Hace muchos años, recuerdo la sorpresa que me causó, con oportunidad de las olimpiadas de Roma en 1960, ver en la televisión el impresionante arranque de Vilma Rudolf, una joven negra norteamericana. Tenía entonces apenas veinte años y corrió los 100 metros en once segundos, pulverizando el récord mundial femenino.

Esto es historia sabida -quizá no para muchos jóvenes- y no debiera admirar a nadie. Pero lo que me sorprendió en su carrera -y ello es poco conocido- fue saber que Vilma había padecido antes una seria enfermedad y había quedado paralítica.

Aquella niña que durante dos años tuvo que usar una silla de ruedas y muletas durante cinco, sólo pensaba y quería una cosa: ser como las otras niñas. Y se esforzó tanto, en durísimas sesiones de recuperación, que consiguió no sólo correr como las otras, sino convertirse en Roma en la quinta mujer en la historia que llegaba a ganar los 100 y los 200 metros consecutivamente.

Eso le exigió centenas de pequeñas luchas que, progresiva y escalonadamente, fueron concluyendo la maravilla de un milagro humano. El avance de un milímetro le daba la posibilidad de avanzar otros dos, hasta que por ese plano inclinado llegó a la cumbre. Comprendemos así como un querer fuerte y apasionado consigue realmente poder.

Pero la fortaleza no nos pide gestas grandiosas, pues también padecer con serenidad es una señal de firmeza de carácter. La paciencia es la fuerza de voluntad consolidada día a día en el vivir cotidiano discreto y silencioso, en el cumplir heroicamente la hora de sesenta minutos y el minuto de sesenta segundos.

“En la paciencia -afirmaba mi maestro Garrigou-Lagrange, seguramente pensando en alguna madre de familia- se encierra algo del acto fundamental de la virtud de la fortaleza: soportar las realidades penosas sin desfallecer.”

Tal vez soñamos con la posibilidad de realizar algún día grandes proezas y actos heroicos y, por el contrario, somos incapaces de soportar con paciencia los mil pequeños incidentes de la vida cotidiana: las frustraciones, las respuestas sin tacto, los imprevistos, y especialmente el paso repetitivo y monótono de la rutina cotidiana.


Brazos de hierro

Cabeza de hielo, corazón de fuego, pero además, brazos de hierro. Los brazos representan la acción motora. El pensar y el querer se perfeccionan en la acción, en la práctica. La ejecución es la verdadera prueba que mide la fuerza de las ideas y de los sentimientos. La práctica eficaz es la que supera la gran distancia que existe entre el proyecto y su realización, entre la cabeza y el brazo.

La efectiva concretización de los proyectos exige que se superen serios obstáculos subjetivos -como la apatía, la pereza y el miedo- y los grandes obstáculos objetivos como las contradicciones, la falta de medios, los peligros y la oposición ajena.

La personalidad fuerte es siempre eficiente. No vive de sueños intelectuales, ni de sentimentalismos melindrosos. Sabe llevar al campo de las realizaciones prácticas, con brazos de hierro, sus ideas. Siempre dispuesto a obrar aquí y ahora. Viviendo el inexorable realismo de cada día, sabe plasmar en la vida cotidiana, prosaica, pesada, monótona, el ideal de su juventud.

Por ello, la verdadera fortaleza la han manifestado las familias, los padres y las esposas de esta generación de la maestría. Ellas han tejido también día a día la posibilidad de hoy. Si las tradiciones académicas lo permitieran, su nombre estaría escrito en el título que hoy entregarán las autoridades de la Universidad, con la misma fuerza con la que ya lo está seguramente en el espíritu de los que lo reciben.

Proyectar ideas, formular propósitos motivantes y no realizarlos no es menos que envilecer lo que en nosotros subsiste de más noble: la sinceridad de vida, la coherencia. Nada deforma tanto la conciencia como hacer propósitos y, por debilidad, no cumplirlos.

No podemos, sin embargo, señores, dejar de referirnos a las contrariedades, especialmente en nuestros países de origen, porque la fortaleza no se da con el vacío. Todo hombre maduro sabe que las contrariedades son algo habitual en la vida; las dificultades, un patrimonio común.

Es ahí precisamente donde se encuentra -y lo experimentarán posteriormente- la verdadera prueba de nuestra fortaleza. Lo que para los débiles es una barrera intraspasable, para los fuertes representa un desafío, un estímulo que les crea garra y acaba por llevarlos a la grandeza del espíritu y de las obras. Como dice Víctor Frankl, “la vida sólo adquiere forma y figura con los martillazos que el destino le da, cuando el sufrimiento la pone al rojo vivo”.

¿No es verdad que es entre las personas que no aprenden a sufrir donde encontramos siempre a las más inmaduras, a las más incapaces, ésas que son derrotadas irremisiblemente por cualquier pequeña escaramuza en la batalla de la vida? Son ellas, después, las que más sufren. Es necesario aprender a enfrentar las dificultades, a familiarizarse poco a poco con lo que cuesta, a no detenerse frente a cualquier obstáculo… También, señores, es necesario marcar metas.

Delimitar los puntos de lucha no significa minimizar los objetivos. Todas las metas deben ser escalonadas progresivamente hasta la cumbre. La cumbre hace al alpinista. Dimensiona su categoría. No fue Hilary quien subió el Everest, fue el Everest el que hizo a Hilary.

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