La paciencia, manifestación de la fortaleza de espíritu

La paciencia es parte de la fortaleza.

¿Qué es la paciencia? No es la actitud despreocupada y apática del que no se inquieta por nada, una actitud que a veces puede ser muy cómoda, y otras muy imprudente.

La paciencia lleva a aguardar serenamente los bienes que se desean y tardan en llegar, y a soportar algo desagradable y molesto durante tiempo.

Se necesita paciencia en el combate espiritual: «Por vuestra paciencia poseeréis vuestras almas» (Lc 21, 19). Hay que tener la sabiduría del campesino: esforzarse durante mucho tiempo sin que se vean, aparentemente los frutos.
Escribe von Hildebrand:

«Los impacientes quieren deshacerse de la dependencia de todas las “causae secundae” (causas segundas), asumen todos los impedimentos con un menosprecio impertinente, no quieren reconocer la atadura por el período de tiempo entre el propósito y la consecución de la meta y pretenden, como Dios, ocasionar el efecto intencionado con un simple “fiat”.

He aquí el primero y más profundo pecado de la impaciencia. Contiene una soberbia: ambiciona pasar por alto la situación de dependencia del Creador y se complace con la ilusión de un señorío por encima de los seres creados.

El tiempo y el tener que esperar puede ser una limitación específica de nuestra vida de criaturas terrenales. Nos encontramos con un decurso de los acontecimientos en el tiempo que no hemos creado y que sólo podemos cambiar en ciertos límites.

Tenemos que contar con el período de tiempo entre un propósito de nuestra voluntad y la obtención de un fin, y aceptarlo como una realidad querida por Dios»

El deseo de estar más cerca de Dios no debe llevarnos a la mala impaciencia: Dios tiene sus tiempos.

Lo mismo sucede en la acción evangelizadora: el impaciente suele caer en el llamado celo amargo.

  • La paciencia es fruto del amor de Dios y de la fortaleza de espíritu. Lleva actuar con el corazón, y a soportar por amor a la voluntad de Dios los sufrimientos físicos y morales; a tener comprensión ante los defectos de los demás. No es pasividad ni falta de operatividad. Recuerda el Talmud: “El mejor predicador, el corazón; el mejor libro, el mundo; el mejor maestro, la vida; el mejor amigo, Dios”.
  • Las personas que no aman la voluntad de Dios no son capaces, como dice san Francisco de Sales, de “sufrir con paciencia, no sólo el hecho de estar enfermos, sino padecer la enfermedad que Dios quiere, donde quiere, con las incomodidades que quiere”.
  • Santa Teresa escribió estos versos famosos sobre la serenidad y la paciencia:

Nada te turbe

nada te espante,

Dios no se muda,

todo se pasa,

la paciencia

todo lo alcanza.

Quien a Dios tiene

nada le falta.

Sólo Dios basta

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