La madre de santo Tomás: un prototipo de intransigencia

Las últimas palabras del padre de San Luís Beltrán muestran el gran bien que acaban haciendo a sus padres los hijos que son fieles a su vocación, pese a las dificultades. Esas “dificultades graves en el seno de la familia – en palabras de Juan Pablo II- no son ciertamente un límite o un obstáculo a la acción que la gracia realiza en las almas para hacerlas conscientes de la llamada divina; más bien, como a veces constatamos, ésta puede hacerse sentir también en ambientes familiares no capaces todavía de apreciar tan inmenso don de Dios y, tal vez, francamente contrarios a ella. Las dificultades que surgen constituyen entonces una prueba de la vocación, la cual, si es auténtica, termina por salir robustecida y, no raramente, tales dificultades llevan a los mismos familiares a una madurez espiritual, por la que llegan a apreciar la elección del hijo o del hermano a la que primeramente se opusieron o despreciaron”.

Pero ese no fue el caso de los Bertrán: ellos sólo querían “orientar” la vocación de su hijo… Sin embargo otros no se conforman con protestar si el camino elegido por su hijo no coincide con sus planes. Un prototipo de esa intransigencia fue Teodora de Theate, la madre de Tomás de Aquino. Teodora provenía de una ilustre familia, los Caraccioli, y llevaba en las venas la energía indomable de los jefes normandos Guiscardo, Bohemundo y Tancredo. Era prima de los Hohenstaufen, y estaba emparentada con el mismísimo Emperador Federico II. Y no era nada fácil de convencer cuando estaba resuelta a algo.

Los hagiógrafos la retratan como una “condesa feudal, autoritaria, dura y altiva”, que tenía unos planes muy meditados y muy concretos -sus planes- para su hijo. Y su hijo se había ido de casa para entregarse a Dios, como fraile mendicante, en contra de su voluntad.

¡Mendicante! ¡Y ella que había previsto que fuera Abad Mitrado de Monte Casino! ¡Un simple monje, de una orden de la que todos hablaban mal! No estaba dispuesta: ¿un hijo suyo pidiendo limosna? Jamás.

Hoy quizá estas cóleras y estas aspiraciones nos hagan sonreír. Pocos padres sueñan hoy con un hijo Abad Mitrado… Pero es cuestión de perspectiva histórica, de hacer algunas sustituciones y de imaginación. Hoy Teodora, mujer de la alta sociedad, hubiera soñado quizá para su hijo, formado en Oxford, en Harvard o en el M.I.T., un futuro “acorde a nuestra posición”; y su sueño dorado sería, quizá, verlo presidente de un alto organismo internacional europeo o directivo de un prestigioso banco de Manhattan. ¿Cómo aceptar que, con ese porvenir, un hijo salga diciendo que, por amor de Dios, tiene “otros planes” o que está dispuesto a irse a un país de África, sin futuro, en una institución de la Iglesia a la que ridiculiza la prensa laicista o anticlerical?

Sea como fuere, la falta de aceptación de la Voluntad de Dios sobre los hijos revela la carencia de una auténtico sentido cristiano; aunque se argumenten “razones cristianas”. Quizá Teodora se consolase pensando que lo que ella perseguía era un hijo Abad Mitrado: y esa ilusión de madre insatisfecha quizá oscureciese en su mente un deber de cristiana: el respeto a la libertad de sus hijos.

Cuando en una familia la vocación de un hijo provoca un escándalo de dimensiones exageradas (rupturas, denuncias públicas, distanciamientos excesivos, escándalos, presiones), por encima de las contingencias, errores y anécdotas humanas (falta de prudencia en las actuaciones de unos y otros, de tacto por parte del hijo, de información suficiente por parte de los padres), con lo que nos encontramos es… con una familia en la que el espíritu cristiano no ha penetrado del todo o está muy debilitado.

Cada vocación es algo similar a un dedo divino, que rasga todas las notas del arpa familiar (porque en esos momentos cada miembro de la familia suele creerse con derecho a dar su opinión o formular su juicio); y si ese rasgueo produce un chirrido estridente, puede ser que en esa familia -aunque se acumulen los cuadros piadosos y las imágenes de los santos abarroten las vitrinas- falta amor de Dios, porque falta el deseo de hacer su Voluntad.

Pero volvamos al siglo XIII. Teodora escribió a Tomás ordenándole que regresase inmediatamente a casa. En vano. Así que, cuando vio que sus cartas resultaban inútiles, formó una comitiva para “rescatarlo”. Todos estos sucesos parecen capítulos de una fantástica novela; pero se han dado con frecuencia en la historia del cristianismo, y se siguen dando todavía.

¿Dónde estaba Tomás? ¿En Roma? Allí se dirigió. Pero al llegar, Tomás había abandonado la Ciudad eterna. Se había ido a Bolonia con el Maestre General… Su furia se volvió incontenible. Llamó a otros hijos suyos que militaban a las órdenes de Federico II y les ordenó que fuesen en su búsqueda y que se lo trajesen preso, o como fuera; pero que se lo trajesen, y que lo encerrasen en la fortaleza de Monte San Giovanni. Teodora, como ciertos padres a lo largo de los siglos -también de ahora- no tenía de la libertad un concepto demasiado elevado.

Sus hermanos lo encontraron camino de Bolonia, cerca de Aquapendente, mientras descansaba junto a un manantial. Llegaron a galope, lo detuvieron y se lo llevaron por la fuerza a la torre del antiguo castillo familiar. Allí Teodora lo tenía todo planeado: después de la fuerza viril pondría en juego la habilidad femenina: sus hermanas Marotta y Teodora se encargarían de hacerle cambiar de opinión, no por la fuerza, sino por la persuasión. Era una conspiración familiar en toda regla. Pero las palabras de las dos hermanas resultaron inútiles. Y lo que es peor: Teodora empezó a vacilar al ver la actitud de su hermano y resolvió entregarse a Dios.

Pasaban los días. Había que poner todos los medios. Teodora cambió de táctica; y se le ocurrió algo poco original, pero que se viene poniendo en práctica a lo largo de los siglos en casos parecidos (y con resultados parecidos también). Pensó que, ya que no se podía vencer su inteligencia con palabras, habría que seducir su corazón con una mujer.

A la mujer, cortesana a sueldo, la trajeron de Nápoles, y una noche se introdujo sigilosamente, provocadoramente, en la habitación de Tomás, que conocía el arte de cortar radicalmente con las malas ocasiones: la vio, se acercó a la chimenea, cogió un tizón ardiente y la napolitana huyó despavorida. El arte ha plasmado esta escena.

Afortunadamente, Tomás fue fiel a su vocación, y ayudado por sus hermanas se descolgó un buen día por los muros de la fortaleza, saltó sobre el caballo que le había traído Fray Juan de San Julián y se marchó. Lo volvieron a prender; pero Tomás resistió firme. De no haber sido así, si hubieran triunfado los esfuerzos de su madre, quizá la Iglesia y la civilización occidental hubiesen sufrido un retraso intelectual de siglos.

Quizá sorprendan los procedimientos de Teodora, pero la realidad es que “lo mismo que Dios se vale de los hombres para salvar almas y llevarlas a la santidad, satanás se sirve de otras personas, para entorpecer esa labor y aun para perderlas. Y -no te asustes- de la misma manera que Jesús busca, como instrumentos, a los más próximos -parientes, amigos, colegas, etc.-, el demonio también intenta, con frecuencia, mover a esos seres más queridos, para inducir al mal” (Surco, n. 812).

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