La lectura de los Evangelios y el Nuevo Testamento.

La formación cristiana y el conocimiento de la fe exige una lectura atenta y continua, a lo largo de la vida, de la Sagrada Escritura, del Evangelio.

Van Thuan recodaba esta experiencia de su largo cautiverio:

“Cuando estaba en la cárcel escribí: “Observa una sola regla: el Evangelio. Esta constitución es superior a todas las demás. Es la regla que Jesús dejó a sus apóstoles. No es difícil, complicada o legalista como las demás; al contrario: es dinámica, suave y estimulante para tu alma. Un santo alejado del Evangelio es un santo falso” (…)

Quien vive del Evangelio, puede llegar con Pablo a tener la mente de Cristo; adquiere la capacidad de leer los signos de los tiempos con la misma mirada de Cristo (…).

El Evangelio, en definitiva, nos desvela el sentido profundo de nuestra vida, de modo que por fin sabemos para qué vivimos; la enseñanza de Cristo nos devuelve la esperanza”.

Recuerda el Compendio del Catecismo, citando a san Jerónimo: “desconocer la Escritura es desconocer a Cristo”. (Compendio, 24) .

La lectura de la Sagrada Escritura “proporciona apoyo y vigor a la vida de la Iglesia”; y es, para sus hijos, “firmeza de la fe, alimento y manantial de vida espiritual. Es el alma de la teología y de la formación pastoral”. (Compendio, 24) .

El Compendio, 22, recuerda la importancia de conocer el Nuevo Testamento “cuyo centro es Jesucristo, nos transmite la verdad definitiva de la Revelación divina. En él, los cuatro Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, siendo el principal testimonio de la vida y doctrina de Jesús, constituyen el corazón de todas las Escrituras y ocupan un puesto único en la Iglesia”.


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