La edad del hombre

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La edad. ¿Cuál es la edad de un hombre? Los calendarios, los relojes, las arrugas, las burbujas del champagne de cada Nochevieja tejen cronologías extrañas que no coinciden con las fechas del alma.

Hay hombres eternamente niños. Otros, perpetuos adolescentes. Muchos no llegan nunca a la madurez. Hay a quienes les sorprende la vejez embriagados todavía en el vértigo de la frivolidad: tratan entonces de apurar la vida a grandes sorbos, a la búsqueda de lo que ya no volverán nunca a ser.

Unos alcanzan ese equilibrio llamado madurez en cada una de las épocas de su vida: ¡qué magnífica la madurez de un niño plenamente niño! Otros no lo logran nunca, y producen ese ahogo de los retratos velazqueños en los que aparecen los niños de la corte, envarados, rígidos y erguidos, casi asfixiados sus gargantillas estrechas, por las exigencias de la etiqueta.

Por el contrario, qué espléndida la niñez, o la adolescencia, si se sabe ser, no un niño ni un adulto prematuro, sino un adolescente; es decir, un joven que sabe vivir su juventud intuida con la mirada abierta hacia el futuro. Qué plenitud se da en la vejez cuando es quintaesencia de vida acumulada, consumación del ideal, culminación de una vida fecunda.

Si cada uno es responsable de su rostro a los cuarenta años, los rostros de los santos dan un formidable testimonio de sí mismos Sus ojos, sus gestos, revelan una sorprendente, casi indestructible, juventud interior. Demuestran que la edad verdadera de un hombre es la edad de su amor y de su generosidad. Y que el calendario definitivo no es el que marca los días hacia la muerte, sino el que señala el camino hacia Dios.

Por eso, cuando Dios llama, qué importa la edad. Dios llama siempre en la hora perfecta del amor. El primer barrunto suele experimentarse en la niñez, pero no siempre es así: Alfonso de Ligorio se decidió a los veintisiete, después de años de brillante ejercicio profesional en el foro; Agustín se bautizó a los treinta y tres, después de una vida azarosa; Juan de Dios cambió de vida a los cuarenta y dos años, tras una existencia aventurera que le había puesto en una ocasión al pie de la horca.

No existe una “edad perfecta. Dios llama cuando quiere y como quiere. El Espíritu Santo, señala Berglar, no parece demasiado preocupado por la partida de nacimiento. Por eso, nunca es demasiado tarde para corresponder a su llamada: vivir es siempre estar a tiempo para la entrega, porque para Él no hay tiempo.

El amor suele llegar en la juventud, y Dios, que es Amor, suele llamar en esa edad. La Virgen era una adolescente -¿catorce, quince, dieciséis años?- y José debía de ser joven, por mucho que hayan intentado envejecerlo pintores y escultores con el devoto pretexto de guardar la pureza de María. Como si la juventud no supiese vivir limpiamente, y no tuviésemos suficientes ejemplos de la lubricidad de algunos ancianos.

¿Y Juan? El único apóstol que acompañó al Señor al pie de la cruz era un adolescente. El resto de los apóstoles rebosaba juventud: rondaban todos la edad del Señor: treinta años. La iconografía los pinta solemnes y barbados, casi siempre ancianos. Pero la realidad fue distinta: los acompañantes de Jesús por los caminos de Palestina estaban en la plenitud de la vida: la mayoría acababa de estrenar su juventud. La lectura del Evangelio deja el sabor inconfundible de ardor, prisa y vibración de los jóvenes.

Por eso, no se entiende demasiado esa resistencia a la entrega de los jóvenes que se aprecia en algunos ambientes, por considerarlos perpetuos inmaduros. “Os escribo a vosotros, jóvenes -escribe el apóstol Juan en el atardecer de su vida-, porque sois fuertes”. Esa resistencia -resistencia de los padres a entregarse ellos mismos, resistencia ante la entrega de sus hijos, resistencia a entregar sus hijos a Dios-, como otros rasgos de la sociedad actual, resulta paradójica.

Uno de los grandes problemas de la sociedad contemporánea es la delincuencia juvenil. Las bandas terroristas están compuestas también en su mayoría por jóvenes. El negocio de la droga y del sexo cuenta con ellos como una importante fuente de ingresos. La prensa recoge con dolorosa frecuencia noticias en este sentido. En algunos países se da el triste espectáculo de madres-niñas y de jóvenes que viven solos a los quince años, frutos del divorcio, de familias desestructuradas unas veces, etc. Y sin embargo, en muchos de esos países se ha creado un fuerte flujo de opinión negativa que considera que la edad en la que algunos programas oficiales estimulan (directa o indirectamente) a las relaciones sexuales prematrimoniales, es, paradójicamente, una edad en la que se encuentran “psicológicamente inmaduros para la entrega”.

Quizá esa actitud encuentre su explicación, en parte, en algunos condicionantes de nuestra sociedad contemporánea. El menor número de hijos de tantas familias lleva en ocasiones a la sobreprotección de “la parejita”, que conduce, de la mano del egoísmo que ha hecho limitar tantos nacimientos, al egoísmo de considerar que la vida entera de los hijos debe ser para sus padres. Si Dios pide esos hijos para Él, nacen a veces unos celos sorprendentes: celos de Dios, porque les arrebata… lo que es suyo.

Otro factor puede encontrarse en el envejecimiento general del mundo contemporáneo, que propicia una mentalidad de seguridad, de temor al fracaso –causa de tantas enfermedades- y de huida del riesgo. Ese “pasotismo” que caracteriza a cierta juventud parece la asunción cómoda y acrítica de los valores materialistas de la sociedad de consumo que han construido los adultos: se pasa de entrega, se pasa de generosidad, se pasa de sacrificio –se pasa de Dios, en definitiva-, aunque no se puede pasar sin determinados medios superfluos.

Pero la causa definitiva no es de orden sociológico ni coyuntural: se libra en el corazón de cada persona. Hoy como ayer, Dios llama a la puerta del corazón del hombre, le pide que le siga; le convoca al amor. Y las respuestas hoy, igual que ayer, dependen de cada hombre. Y se siguen formulando del mismo modo.

Hace muchos siglos -en el año 626 antes de Cristo- Dios llamó a un adolescente diciéndole: “antes de que te formara en el vientre te reconocí y antes de que salieras del seno te consagré” (Jer 1, 5). Pero estas palabras no le parecieron razón suficiente, como hoy no le parecen razón suficiente a determinados jóvenes. Y protestó, con una excusa muy habitual en nuestros días: “¡Ah, ‘Adonay Yahveh, no sé hablar, pues soy un muchachito”.

Pretendía escudarse en su juventud. Pero Dios no atiende a esos razonamientos puramente humanos. “Y díjome Yahveh -cuenta Jeremías-: no digas ‘soy un muchacho’; pues a todos a quienes yo te enviare has de ir y todo lo que te ordene hablarás. No los temas, porque contigo estoy Yo para librarte” (Jer, 1, 6-8).

La Iglesia, fiel a los requerimientos divinos, ha bendecido la entrega a Dios en la juventud: una entrega que le ha dado tantos santos. “Bienaventurados los que se entregan a Dios para siempre en la juventud”, escribió don Bosco pocos días antes de su muerte.

Entre los santos de la Iglesia católica hay personas detodos los estados, profesiones, temperamentos y culturas. Madres de familia, artistas, campesinos, juristas, religiosos, aventureros, reyes, mendigos, estadistas, obreros, sacerdotes… La mayoría de ellos se entregaron jóvenes. Basta repasar el santoral para ver cómo la Iglesia Católica rezuma alegría de juventud. No sólo no teme a la juventud, sino que la venera en sus altares y aprende de ella y de su heroísmo: la mayoría de los veintidós mártires de Uganda oscilaban entre los quince y los veintidós años. Tarsicio, Luis Gonzaga, Domingo Savio, Teresa de Lisieux, Bernadette, María Goretti… murieron en la adolescencia, o en plena juventud. Y en nuestro tiempo se sigue beatificando a jóvenes, y muchos de ellos laicos, como una campesina polaca, Carolina Kózka; un joven francés, Marcel Callo, o dos campesinas italianas: Pierina Morosini y Antonia Mesina.

Sorprende por eso que se ponga como excusa para no entregarse a Dios… ¡que se es joven! La juventud es la época del amor. Cualquier tiempo es bueno para la entrega, pero esa es la edad privilegiada. Se lee en Camino de san Josemaría Escrivá: “Me has hecho reír con tu oración impaciente. -Le decías: ‘no quiero hacerme viejo, Jesús… ¡Es mucho esperar para verte! Entonces, quizá no tenga el corazón en carne viva, como lo tengo ahora. Viejo, me parece tarde. Ahora, mi unión sería más gallarda, porque te quiero con Amor de doncel'” (n. 111).

También en esto, los caminos del Señor son distintos de los nuestros. Cuando el Señor le dice a Samuel que busque al futuro rey de Israel entre los hijos de Jesé, éste actúa a lo humano: dejándose llevar por las apariencias. Y pensó que el más adecuado de entre todos sus hijos sería Elíab, el mayor. Pero el Señor le hizo ver a Samuel: “No mires a su buena presencia, ni a su grande estatura, pues no es ése el que he escogido”.

Después de Elíab, Jesé pensó en el siguiente, Abinadab. Pero “tampoco a éste ha elegido Yahveh”. Y así, cuenta la Escritura, fue haciendo pasar Jesé sus siete hijos delante de Samuel, pero Samuel le dijo: “No ha elegido Yahveh a ninguno de éstos”. “¿No tienes ya más hijos?”, le pregunta. Sí, Jesé, tenía un hijo más, el pequeño, en el que ni siquiera había pensado porqueera demasiadojoven: “Aún tengo otro pequeño -contesta Jesé- que está apacentando las ovejas. Lo llamaron. Era rubio y de buena presencia. “Úngele -dijo el Señor- porque ése es” (I Sam 16, 17).

Hablábamos antes de los jóvenes que han elegido el pasotismo como norma de su existencia. Pero hay otros que se rebelan contra esta manipulación publicitaria en la que se les presenta idóneos para el erotismo y la imbecilidad en todas sus formas e incapacitados mentales para los ideales altos.

Hace unos años un personaje norteamericano abordó a un joven al que veía todos los días tumbado tranquilamente en el césped. Le preguntó:

-¿Y tú no haces nada?

-¿Y qué podría hacer? -preguntó el joven, que seguía tumbado.

– Estudiar, por ejemplo.

-¿Para qué?

-Para sacarte un título y trabajar.

-¿Y eso para qué?

-Para ganar dinero.

-¿Para qué?

-Para comprarte una casa, un coche… ¡tantas cosas!

-¿Para qué?

-Para disfrutar en tu vejez y descansar a gusto.

-¡Pues eso es lo que estoy haciendo!

Muchos jóvenes –que se resisten a quedarse tumbados en el césped- ponen en tela de juicio la escala de valores, puramente materialista, que han recibido en el ámbito familiar y que no les proporciona motivaciones suficientes para levantarse, vivir y luchar. La sociedad no les ofrece, con frecuencia, más que un conformismo con la ideología dominante y lo políticamente correcto; y un seguimiento sumiso de la moda y los dictados del medio social y tantas veces apartado de Dios.¿Puede extrañar que tantos jóvenes se rebelen contra esa existencia sin sentido, materialista, abúlica y estéril?

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