He perdido un hijo

“He perdido un hijo”, suelen decir algunos padres. La expresión no es de hoy. San Bernardo consolaba en una de sus cartas a los padres de un joven del siglo XII, Godofredo, que había decidido entregarse a Dios en Claraval, diciéndoles:

“Si a vuestro hijo Dios se lo hace suyo, ¿qué perdéis vosotros en ello y qué pierde él mismo?… Si le amáis, habéis de alegraros de que vaya al Padre, y a tal Padre. Cierto, se va a Dios; mas no por eso creáis perderlo; antes bien, por él adquirís muchos otros hijos. Cuantos somos aquí en Claraval, y cuantos somos de Claraval, al recibirle a él como hermano, os tomamos a vosotros como padres.

Pero quizá teméis que le perjudique el rigor de nuestra vida… Confiad, consolaos: yo le serviré de padre y le tendré por hijo, hasta que de mis manos lo reciba el Padre de las misericordias y el Dios de toda consolación. No lloréis, no os lamentéis, que vuestro Godofredo al gozo corre, no al llanto”.

“Es que no nos quieres”, suelen argumentar algunos padres, ante el dolor de la separación. Saben que no es verdad: nadie que se entrega a Dios por amor, puede dejar de amar a los más próximos en el corazón. La llamada divina fortalece los lazos del cariño, aunque en ocasiones se agranden las distancias. Santa Teresa ofrece el testimonio de su propia vida: “Cuando salí de casa de mi padre -cuenta-, no creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me parece cada hueso se me apartaba por sí; que, como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande, que si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra” (Libro de la Vida, cap. 4, 1).

Sucede al contrario: en la hija, en el hijo que se entrega a Dios, ese amor filial se hace más hondo y recio, más limpio y profundo, más verdadero. Basta pensar en las razones que pueden mover a un hijo para abandonar lo que más quiere en el mundo. Sólo hay una: un amor más fuerte que ese amor: el Amor de Cristo. Pero Cristo no separa las almas, no establece oposiciones, no enfrenta el primer mandamiento (amar a Dios sobre todas las cosas) contra el cuarto mandamiento (amar a los padres).

Dios establece sólo una jerarquía: el amor a Dios debe ser lo primero en el corazón; y alienta, cuando surge un conflicto entre estos dos amores (dos amores, no hay que olvidarlo, para un mismo corazón), a poner en primer lugar el amor de Dios. “Los padres han de ser honrados -escribe San Agustín-, pero Dios debe ser obedecido” (Sermo 100, 2).

“Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10, 37). Estas palabras de Jesucristo pueden aplicarse conjuntamente a los padres y a los hijos: la vocación supone un acto de entrega y de confianza en Dios por parte de unos y otros. Por eso, como ya se ha dicho, cada crisis vocacional supone un “test” espiritual para toda la familia: padres, familiares, hermanos…

Y no es verdadera piedad filial la que lleva a desoír la vocación, la llamada de Dios. “Dad a cada uno lo suyo -recuerda San Agustín- conforme a una escala de obligaciones; no subordinéis lo anterior a lo posterior. Amad a los padres, mas poned a Dios por delante de los padres” (Sermo, 100, 2).

No es fácil ese trance. Tampoco lo fue para María y José: ellos no entendieron que Jesús hubiese permanecido en el Templo mientras lo buscaban angustiados por Jerusalén. Guillén de Castro pone en labios de María un planto sobrecogedor:

“Hijas de Jerusalén:

¿habeis visto, habéis sabido

de un Niño que yo he perdido

que es mi Hijo, que es mi bien?”

Recordemos la escena. Cuando María y José llegaron al templo, tras días de angustia y desconsuelo “su Madre le dijo: Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, llenos de aflicción, te hemos andado buscando”.

Jesús les dio una respuesta que parece dura y desconcertante: “El les respondió: ¿Cómo es que me buscabais? ¿No sabíais que debo ocuparme en las cosas que miran al servicio de mi Padre?” (Luc II, 48-49).

A primera vista parece incomprensible que un Hijo como Aquel hubiera consentido ese dolor en una Madre como Aquella. Jesús quiso dejar grabada esta enseñanza con su propia vida para dar fortaleza a los que deberían seguirle en el futuro y mostrar un ejemplo a los padres, inspirado en María y José. Porque María y José no protestaron. Buscaron humildemente en todo, aun en lo más incomprensible y doloroso, la Voluntad de Dios: “María guardaba todas estas cosas en su corazón”.

De todos modos, al margen de estas consideraciones espirituales, conviene no dramatizar: la separación de padres e hijos es ley de vida: “dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán dos en una sola carne” (Marc. X. 7-8). Y los que se casan no suelen seguir tampoco el parecer de sus padres a pies juntillas. Escribe Addison que “la mujer pide raras veces consejo antes de comprarse el traje de boda”.

Algunas oposiciones violentas a la vocación de los hijos, con llantos y amenazas, revelan a veces, junto con la falta de aceptación de la Voluntad de Dios, cierto afán posesivo que se cree con derecho a dirigir la vida de sus hijos a su capricho, como si fueran eternos adolescentes. Contra ese atropello clamaba doña Juana, un personaje de una comedia de Moreto:

“Obedecer es muy justo

a mi padre, pero no

cuando la elección erró;

que un casamiento forzado

lleva el honor arriesgado

y soy muy honrada yo”.

Ese afán posesivo lleva con frecuencia, en el caso de que el hijo decida entregarse a Dios, a murmuraciones y acusaciones contra instituciones de la Iglesia; y en el caso de que el hijo tome matrimonio se concreta en entrometimientos en su vida familiar,murmuración de nueras, etc. Muchas veces este afán se reviste de preocupación por el futuro. Pero, ¡cuántas madres aceptan sin más problema que su hija joven se case y se vaya a otra ciudad -en el matrimonio, que tantas veces recoge frutos amargos de infidelidad- con una persona casi desconocida… y ponen el grito en el cielo si decide entregarse a Dios, que nunca traiciona!

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