En la hora del desaliento

Al recorrer el camino pueden darse desalientos y vacilaciones. Cumplen entonces los padres cristianos con su misión alentando al hijo que desfallece y sosteniéndolo con su fortaleza espiritual. Javier Abad recoge en su libro Fidelidad la carta de una madre a su hijo, con motivo de la infidelidad de un pariente cercano, en la que le estimula a ser fiel a su propia llamada:

3 de marzo de 1980

“Querídisimo hijo:

No te puedes imaginar cuánto dolor tenemos. Jamás pensé que se pudiera sufrir tanto. Porque estamos palpando lo doloroso que es ver a un alma enfriarse hasta perder el camino: se hace ella misma desgraciada y, a quienes le rodean, infelices. Es la realidad, que sólo siendo fiel se puede ser feliz, y que se pone en peligro la propia salvación y la de los demás cuando no se persevera. Necesitamos más que nunca oración y mortificación.

El no nos abandona, somos nosotros los que lo dejamos. Siempre nos da las gracias necesarias para perseverar, si somos humildes y sinceros y dóciles para dejarnos conducir. Acuérdate de que la fidelidad se gana cada día, en cada pequeña batalla, y que solamente se traiciona a Jesús cuando se le ha dicho que ‘no’ en muchos pocos, antes que darle el beso final de Judas. ¿Me entiendes?

Yo acostumbraba decirle al Señor que no se fijara en mí, sino en mis hijos que lo estaban amando y sirviendo. Y no sé por qué, hace unos meses -las madres tenemos un sexto sentido- empecé a pedirle que nos mirara a todos con compasión porque necesitábamos su gracia y su salvación (…). Esta es mi oración ahora: suplicar que no nos deje, que no perdamos el silencio interior ahora que nos perturba tanto ruido exterior, tanta banalidad y todo el montaje de una sociedad de consumo que simplemente camina horizontal. Reflexiona, te lo digo de todo corazón para que te guardes tú también.

Podrán pasar muchos años y, aunque hayamos hecho mucho bien, seguiremos implorando la perseverancia final. Que los errores de otros nos sirvan para no caer y no ser tan tontos de querer experimentar en pellejo propio. Cuento contigo: con tu oración, tu sacrificio, tu entrega… Si de veras nos quieres, ésta será la mejor manera de ayudarnos.

Estamos clavados en la cruz y lo aceptamos. Que no nos falte valor para seguir así, con la confianza de que para los que amamos a Dios no hay derrotas y que todo es para bien: un día tendremos la felicidad de estar todos juntos, para siempre felices, en la Casa de nuestro Padre Dios. Esta esperanza y esta fe nos sostienen. Te bendice:

Tu mamá”.

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