Dos extremos erróneos en la acción evangelizadora

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Hay dos extremos equivocados, que parten de un concepto erróneo de la libertad:

A. El extremo de los que -en base a una malentendida libertad- se desentienden de los demás, y los dejan en su ignorancia y alejamiento de Dios, olvidándose de que, por su condición de bautizados y testigos de Cristo, tienen el derecho y el deber de difundir el mensaje evangélico, con mismo entusiasmo apostólico de los primeros cristianos.

El cristianismo verdadero no puede reducir su vida a un “intimismo espiritual”, ni recluirse en una torre de marfil, porque el Mandamiento Nuevo lleva a salir de sí mismo, a darse a los demás por amor de Dios.

Juan Pablo II recordaba en la Redemptoris missio: “La misión no coarta la libertad, sino más bien la favorece. La Iglesia propone, no impone nada: respeta las personas y las culturas, y se detiene ante el sagrario de la conciencia. A quienes se oponen con los pretextos más variados a la actividad misionera de la Iglesia; ella va repitiendo: ¡Abrid las puertas a Cristo!”

B. El extremo de los que desprecian la libertad y piensan que es lícito usar cierta coacción para ganar almas para Cristo.

San Josemaría reaccionaba ante este extremo, recordando: «las decisiones que determinan el rumbo de una vida, ha de tomarlas cada uno personalmente, con libertad, sin coacción ni presión de ningún tipo» (Conversaciones, 9 ed. Madrid 1973, n° 104).


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