Confundir el trato con Dios con la afectividad.


La madurez cristiana lleva a seguir la voluntad de Dios en los periodos en que los sentimientos (el entusiasmo, la ilusión) parecen desaparecer. No se trata de caer en un voluntarismo frío, sino de amar a Dios siempre, con la cabeza y con el corazón:en los periodos en los que Dios concede afectos y sentimientos, y en los periodos que no los concede.

Reducir el trato con Dios a un conjunto de fenómenos afectivos reduciría la vida cristiana al nivel de las sensaciones, y llevaría a un posible alejamiento de Dios cuando “no se siente nada”.

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