7. Capacidad de adaptación a los cambios:

Es una cualidad muy importante, ya que es fruto de aceptar la vida tal como es.

No se trata de preveerlo todo, o de tener todas las soluciones previstas de antemano, analizando todas las posibles dificultades, aferrándose al plan trazado en un principio, sino de acoger la realidad tal como se plantea y cultivar la capacidad de improvisación ante lo inesperado.

La capacidad de adaptación lleva a discernir en cada momento qué es lo que se presenta como urgente y qué es lo verdaderamente importante.

Por ejemplo, puede ser urgente que esta tarde tome este bus o esta guagua para ir a clase de inglés; puedo pensar que si no salgo a tiempo llegaré tarde; pero quizá lo importante no es que llegue a tiempo a clase, sino que me matricule de esta asignatura de inglés; porque, si no estoy matriculado, aunque haya asistido puntualmente a todas las clases durante el curso, al final -eso es lo importante– no podré examinarme.

Esta capacidad exige saber improvisar, con creatividad, porque los acontecimientos no suelen desarrollarse exactamente como los habíamos planeado.

Esa capacidad lleva a rectificar cuando es necesario, sin obcecaciones.

Facilita la capacidad para aceptar lo que no se ha elegido.


Escribe Jacques Philippe:

Aceptar sus limitaciones personales, su fragilidad, su impotencia, esta o aquella situación que la vida le impone, etc., es “algo que cuesta mucho hacer, porque sentimos un rechazo espontáneo hacia las situaciones sobre las que no ejercemos nuestro control.

Pero la verdad es ésta: las situaciones que nos hacen crecer de verdad son precisamente aquellas que no dominamos. (…) La mayor ilusión del hombre es la de dominar su vida. Porque la vida es un don que, por su misma naturaleza, escapa a todo intento de ser dominado”.

Philippe señala tres actitudes posibles “frente a aquello de nuestra vida, de nuestra persona o de nuestras circunstancias, que nos desagrada o que consideramos negativo.

La primera es la rebelión; es el caso de quien no se acepta a sí mismo y se rebela: contra Dios que lo ha hecho así, contra la vida que permite tal o cual acontecimiento, contra la sociedad, etc. La rebelión no siempre es negativa. Puede tratarse de una primera e inevitable reacción psicológica ante circunstancias brutalmente dolorosas, y beneficiosa siempre que no nos quedemos encerrados en ella.

Al término rebelión se le puede dar también otro significado positivo: el del rechazo de una situación inadmisible que nos hace obrar respecto a ella empujados por justas motivaciones y con medios legítimos y proporcionados. Nosotros nos referimos aquí al término rebelión en su sentido de rechazo de lo real.

La rebelión suele ser la primera reacción espontánea frente al sufrimiento. El problema está en que no resuelve nada; por el contrario, no hace sino añadir un mal a otro mal y es fuente de desesperación, de violencia y de resentimiento.

Quizá cierto romanticismo literario haya hecho apología de la rebelión, pero basta un mínimo de sentido común para darse cuenta de que jamás se ha construido nada importante ni positivo a partir de la rebelión; ésta solamente aumenta y propaga más aún el mal que pretende remediar.

A la rebelión tal vez le suceda la resignación: como me doy cuenta de que soy incapaz de cambiar tal situación o de cambiarme a mí mismo, termino por resignarme. Al lado de la rebelión, la resignación puede representar cierto progreso, en la medida en que conduce a una actitud menos agresiva y más realista.

Sin embargo, es insuficiente; quizá sea una virtud filosófica, pero nunca cristiana, porque carece de esperanza. La resignación constituye una declaración de impotencia, sin más. Aunque puede ser una etapa necesaria, resulta estéril si se permanece en ella.

La actitud a la que conviene aspirar es la aceptación. Con respecto a la resignación, la aceptación implica una disposición interior muy diferente. La aceptación me lleva a decir «sí» a una realidad percibida en un primer momento como negativa, porque dentro de mí se alza el presentimiento de que algo positivo acabará brotando de ella. En este caso existe, pues, una perspectiva esperanzadora.

Así, por ejemplo, puedo decir sí a lo que soy a pesar de mis fallos, porque me sé amado por Dios; porque confío en que el Señor es capaz de hacer cosas espléndidas con mis miserias. Puedo decir sí a la realidad más ruin y más frustrante en el plano humano, porque -empleando la forma de expresarse de Santa Teresita de Lisieux- creo que «el amor es tan poderoso que sabe sacar provecho de todo, del bien y del mal que halla en mí».

La diferencia decisiva entre la resignación y la aceptación radica en que en esta última –incluso si la realidad objetiva en la que me encuentro no varía- la actitud del corazón es muy distinta, pues en él anidan ya podríamos decir que en estado embrionario, las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad.

Aceptar mis miserias, por ejemplo, es confiar en Dios que me ha creado tal y como soy.

Este acto de aceptación implica la existencia de fe en Dios, de confianza en Él y también de amor, pues confiar en alguien ya es amarle. A causa de esta presencia de la fe, la esperanza y la caridad, la aceptación cobra un valor, un alcance y una fecundidad muy grandes.

Porque (no nos cansaremos de decirlo), en cuanto hay algo de fe, de esperanza y de caridad, automáticamente hay también disponibilidad a la gracia divina, hay acogida de esta gracia y, más pronto o más tarde, hay efectos positivos.

La gracia de Dios nunca se da en vano a quien la recibe, sino que resulta siempre extraordinariamente fecunda.”

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