10. Comprensión:

la comprensión va muy unida a la caridad. Es el fruto de escuchar al otro dedicándole tiempo, de atenderle con espíritu abierto y sin prejuicios, aunque se esté en desacuerdo con él.

Exige cultivar el lenguaje de la comprensión, fruto de la humildad, en el que intervienen el respeto, el deseo de aprender del otro, la sugerencia delicada, la frase de aliento, el gesto afable (quizá podrías plantearte…), etc; evitando el lenguaje impositivo, autoritario, tajante, sentencioso: “lo que a ti te pasa es qué”, la soberbia en último término.

El hombre comprensivo se esfuerza por cultivar el arte de saber escuchar. Este arte exige:

-Respeto auténtico hacia el otro.

-Cultivar la capacidad de comunicación, diciendo lo que se deba decir.

-Dejar hablar largo rato, sin inetrrumpir, ni hacer gestos de fastidio o de cansancio, sin actitudes de prisa o urgencia.

– Escucharle en momentos de desahogo, en los que pueden decir expresiones, argumentos inconvenientes, que se pueden rebatir en otro momento, pero no en ése, ya que lo más probable es que la persona lo que desee y necesite en ese momento es ser escuchada.


Escribe Philippe en su libro La libertad interior:

Todos tenemos caracteres bien diferenciados, maneras de ver las cosas opuestas, y sensibilidades opuestas, y éste es un hecho que hay que reconocer con realismo y aceptar con humor.

A algunos les encanta el orden y el menor síntoma de desorden crea en ellos inseguridad.

Hay otros que en un contexto excesivamente cuadriculado y ordenado se asfixian enseguida.

Los que aman el orden se sienten personalmente agredidos por quienes van dejándolo todo en cualquier sitio, mientras que a la persona de temperamento contrario la agobia quien exige, siempre y en todo, un orden perfecto.

Y enseguida echarnos mano de consideraciones morales, cuando no se trata más que de diferencias de carácter.

Todos padecemos una fuerte tendencia a alabar lo que nos gusta y conviene a nuestro temperamento, y a criticar lo que no nos agrada. Los ejemplos serían interminables.

Y, si no se tiene esto en cuenta, nuestras familias y nuestras comunidades correrán el riesgo de convertirse en permanentes campos de batalla entre los defensores del orden y los de la libertad, entre los partidarios de la puntualidad y los de la flexibilidad, los amantes de la calma y los del tumulto, los madrugadores y los trasnochadores, los locuaces y los taciturnos, y así sucesivamente.

De ahí la necesidad de educamos para aceptar a los demás como son, para comprender que su sensibilidad y los valores que los sustentan no son idénticos a los nuestros; para ensanchar y domar nuestro corazón y nuestros pensamientos en consideración hacia ellos.

Es este un aspecto especialmente importante en las relaciones entre hombres y mujeres. Tras algunos decenios del dominio de una ideología que, confundiendo igualdad con identidad, ha sostenido que el hombre y la mujer son perfectamente intercambiables, ahora estamos redescubriendo (afortunadamente) las profundas diferencias psicológicas entre ambos sexos.

Una tarea complicada que nos obliga a relativizar nuestra inteligencia, a hacernos pequeños y humildes; a saber renunciar a ese «orgullo de tener razón» que tan a menudo nos impide sintonizar con los otros; y esta renuncia, que a veces significa morir a nosotros mismos, cuesta terriblemente.

Pero no tenemos nada que perder. Es una suerte que nos contraríe la manera de ver las cosas de los demás, pues así tendremos ocasión de salir de nuestra estrechez de miras para abrimos a otras cualidades.

Hace 25 años que vivo en comunidad y he de reconocer que, a fin de cuentas, he acabado recibiendo más de aquellos con quienes no me entendía que de aquellos a los que me unía cierta afinidad.

De haberme limitado a frecuentar a personas de mi misma sensibilidad, esos otros valores distintos a los míos nunca me habrían abierto los nuevos horizontes que he llegado a descubrir”.

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