¿Jóvenes captados?

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Esas murmuraciones recurren con frecuencia a lugares comunes y uno de ellos es que la Iglesia o sus instituciones “captan jóvenes”. Estas acusaciones se oyeron ya en los albores del Cristianismo contra los primeros cristianos, a los que se acusaba de pertenecer a una secta que atentaba contra los intereses del Estado. Las Actas de los Mártires recogen testimonios emocionantes de la fidelidad de esos jóvenes y de esos niños. Entre los mártires de Lyon sobresalen una joven, Blandina, que soportó horribles tormentos y un chico de quince años, Póntice.

Y como estos hay muchos otros. En la persecución de Septimio Severo murieron tres jóvenes, Saturo, Saturnino y Revocato.

-“No te obstines, joven, sacrifica”, increpaba el Magistrado a Saturo.

-No lo haré.

-Y tú, muchacho -decía dirigiéndose a Saturnino-, sacrifica si quieres vivir.

-No me está permitido: soy cristiano.

-Tú -dijo entonces a Revocato-, veo que me vas a decir lo mismo.

-Lo mismo -respondió- por el amor de Dios”

El gobernador que interrogaba a Andrónico, un joven “de las mejores familias de Éfeso”, que murió mártir durante la persecución de Diocleciano, intentó covencerle de mil maneras, pero todo fue vano. Al fin estalló:

-Tu juventud cree que podrá desafiarme; pero te prevengo que te esperan grandes tormentos.

-Te parezco joven en años -contestó Andrónico- pero mi alma está madura y dispuesta a todo.”

Acusaciones similares se han seguido escuchando a lo largo de la historia: “En los siglos pasados -declaraba el Cardenal Hoeffner- se atacó duramente a los jesuitas, prácticamente con las mismas armas que se emplean ahora contra el Opus Dei. Como ejemplo, puedo citar algunas acusaciones publicadas por H. Meurer en 1881 que dicen “que los niños y jóvenes son ‘amaestrados’ en las instituciones educativas de los jesuitas; que los Estatutos ‘mantenidos secretos inicialmente’ de la Compañía de Jesús exigen una obediencia ciega… Y se pregunta: ‘¿Cómo es posible que la Compañía de Jesús encuentre el número suficiente de novicios, que estén dispuestos a someterse a denigraciones de ese tipo…?'”

Sin embargo, a pesar de su virulencia, todos estos juegos de artificio de la denigración suelen tener escaso eco entre la juventud. Los jóvenes entienden que si no experimentan algún ataque, si no vencen alguna dificultad en su entrega, si no sufren la calumnia, aquello no puede ser de Dios, que había dicho: “Como a mí me han perseguido, así también os perseguirán a vosotros” (Jn 15, 20).

La respuesta, cuando se les propone un ideal alto, aunque sea duro y exigente, es generosa. La beata Teresa de Calcuta hablaba así de la vocación a sus jóvenes monjas, a las que pedía un régimen de vida muy sacrificado y generoso: “Jesús dijo: te he elegido, te he llamado por tu nombre. Eres mía. Es preciso decir sí cada día. Entregarse totalmente. Estar donde El quiera que estés.

”Si te arrojan a la calle, si te quitan todo y de repente te encuentras en la calle, has de aceptar tu situación en ese momento. No debes ir voluntariamente a la calle, sino aceptar que te pongan allí: es muy distinto. Si Dios quiere que estés en un palacio, bien: has de aceptar el hecho de estar en un palacio, mientras no elijas estar en el palacio: ésa es la diferencia. Esa es la gran diferencia: la sumisión total: aceptar lo que El quiera dar y lo que El quiera llevarse con una gran sonrisa.

”Esa es la entrega a Dios: aceptar que te corten en trocitos y que cada trocito le siga perteneciendo únicamente a El. Esa es la entrega: aceptar a la gente que venga a ti y el trabajo que te surja hacer. Puede que hoy comas bien y mañana no tengas qué comer. No hay agua en la bomba y lo aceptamos. Hay que dar todo lo que El nos pida.

”Si se lleva tu buen nombre, tu salud, lo que quiera, : ésa es la entrega. Y entonces serás libre”.

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